Pasaba
solo algunos fines de semana allí en la infancia, pero siento un
apego considerable por la vieja casa que mis tíos me dejaron en
herencia. Su muerte en un trágico accidente hizo que sintiera un
impulso de cuidar de su propiedad como si fuera mía, y de hecho lo
era. Seguía siendo la única sobrina que les quedaba y me querían
como si fuera su hija, así que no dudaron en poner mi nombre en el
testamento.
Una
casa grande, elegante, decorada al puro estilo barroco y tradicional
que les gustaba a mis tíos. Vieja, decaída, con el alma en el suelo
se sigue alzando en el medio de la nada, apartada de la ciudad y de
los pueblos más cercanos, con un solo camino como único acceso.
Una
reja negra algo oxidada cubre todo el recinto, recorriendo lo que
debería ser el jardín, pero que ahora es un cúmulo de hojas secas
y tierra. A los pocos metros están las escaleras de granito
decoradas con barandillas doradas que muestran el camino a la puerta.
Ésta, de madera gruesa y oscura, da la bienvenida a la casa.
La
entrada me sigue dando miedo aún después de tantos años. El techo
es demasiado alto y, personalmente, la amplitud no me reconforta. Una
mesa enorme de madera y mármol blanco es el centro de atención. Un
candelabro luce deslumbrante y todavía brillante encima. Es dorado,
grande y elegante; como todo lo que le rodea.
No
hay por qué mencionar las demás dependencias. Tan grandes, lujosas
y ornamentadas como si de un palacio se tratase. Mi tía era
demasiado ordenada y se preocupaba en especial por los detalles de su
hogar. Todo sigue tal y como ella lo dejó la última vez que respiró
dentro de su casa; intento no mover nada de sitio para que la mansión
no pierda su encanto.
Las
camas de las habitaciones son amplias, altas, y tienen edredones
viejos con estampados floreados. Siempre solía dormir en una de las
camas individuales de la habitación más pequeña; me sentía
cómoda.
Todas
las lámparas son de araña, con brillantes colgados por todas partes
que dejan pasar la luz de las antiguas bombillas.
Lo
que más me sorprende son las alfombras, la multitud de espejos y las
figuritas que mis tíos guardaban con tanto cariño; por todas partes
había recuerdos de sus viajes por Argentina, Perú, Venezuela,
Londres y demás sitios en los que habían estado a lo largo de su
vida juntos. Tan pequeñas y tan grandes a la vez guardaban una vida
y una historia única dentro.
La
sala es impactante. Sus cortinas parecen sacadas de una película.
Largas, coloridas, estampadas, decoradas con toques dorados y de una
tela magnífica...
Aquello
no es precisamente modernidad, pero me gusta; no como otras cosas de
la casa que preferiría cambiar.
No
puedo negar que cuando voy allí me siento sola, aterrada por lo que
me pueda pasar en aquel sitio viejo y lleno de recuerdos. Nunca hay
nadie. Solo yo cada vez que quiero respirar tranquila fuera de la
monotonía de la vida de ciudad. No hay gente en los alrededores.
Apenas hay farolas que alumbren el camino que lleva a la casa. Pero
me siento aliviada al poder darle vueltas allí a las cosas que
tengo en la cabeza.
Algún
día pensaba en restaurar todo; tirar los muebles, arreglar el jardín
y modernizar un poco el sistema eléctrico para poder pasar largas
temporadas en mi nueva propiedad. Incluso me había planteado varias
veces quedarme a vivir en aquel lugar.
Pero
desde que descubrí aquello decidí que todo quedaría como lo
encontré al principio. Ahora quiero vender la casa, deshacerme de
todo lo que ha pasado en los últimos dos meses de verano. He vivido
en una pesadilla y sigo en ella. Ya no quiero tener nada más que ver
con esto. Nada. Pero aún así... no contaré el secreto. No puedo
hacerlo. Sin duda, si hiciera falta, daría mi vida para protegerlo.
Para protegerlo a él; que ahora mismo es lo único que me importa.
Leik.
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