Empezó
hace dos meses. Principios de Julio. El acabar los estudios me
quitaba un peso enorme de encima y me sentía libre por fin, con solo
18 años.
Tenía
planes para el verano. Mi padre había prometido a comienzo de año
que iríamos de viaje a Londres para ver a mis abuelos. Seguían
dolidos, al igual que mi padre y yo. Mi madre murió hace tres años
a causa de una enfermedad.
Nunca
me ha gustado hablar mucho del tema. Sigo pensando en cómo sería
todo si ella siguiera con nosotros. Creo que mis abuelos piensan lo
mismo, pero continúan en su país de origen y afrontan su vida de
jubilados. Siempre somos nosotros los que hacemos las visitas.
Hacíamos las visitas. Porque mi padre murió en ese inicio de Julio.
Aún lloro su pérdida cada noche ahogando las lágrimas en la
almohada. Todavía no me acostumbro a estar sin mi familia al lado.
Solo han pasado dos meses. Dos eternos meses donde he vivido más que
en el resto de mi vida junta. Nunca me lo habría imaginado, no
podría. Supera los límites de mi aletargada capacidad para ver
venir las cosas.
Cuando
ocurrió el accidente de tráfico que mató a mi padre, mis abuelos
se preocuparon por mí y dijeron que sería mejor que fuera a vivir
con ellos a Londres. Pero no quería hacerlo y me negué. Lo medité
unos días y me decidí a crecer, a madurar, a hacerme responsable de
mí misma. Me quedé. Pero no en casa.
Una
semana después del ajetreo de llamadas, pésames, trajes negros,
papeleo, llantos, lloros y pesadillas opté por ir a pasar el verano
alejada de todo.
Necesitaba estar sola y pensar.
Aunque de quedarme en casa tampoco tendría problema de que alguien
me molestara.
De
todas formas, quería recordar los viejos tiempos en la mansión de
mis tíos. Ahora era mía, y tenía que hacer algo con ella. Preparé
la maleta y conduje decidida hasta llegar allí. Me instalé rápido.
No ordené nada de lo que había traído conmigo. Ya tendría tiempo
más adelante.
Conecté
la luz y el agua y abrí todas las cortinas para dejar entrar de
nuevo los rayos del Sol en la vieja casa, que pareció alegrarse de
volver a verme allí. El mismo aroma seguía encerrado entre las
paredes, y las emociones que había vivido en cada rincón seguían
intactas. Cada centímetro me recordaba los tiempos felices de cuando
era pequeña. El comedor me hacía ver a mis padres y a mis tíos
cenando y hablando. Alegres entre sus dulces risas. Pero ahora todos
muertos. Sacudí la cabeza y me obligué a quitarme los recuerdos de
la mente. Lo que estaba pensando nunca volvería. La felicidad había
escapado de mi lado sigilosamente y sin dejar rastro.
Después
de descansar un rato sentada en el gran sofá del salón, salí a dar
un paseo por los alrededores. Solo había un camino por el que ir,
así que no me paré a pensar mi dirección. Caminé a la derecha
hasta llegar al principio del bosque que rodeaba mi nueva casa y me
adentré en él sin miedo. En aquel momento me sentía segura y
quería llegar lo más lejos posible para inspeccionar el nuevo
territorio donde pasaría el verano.
El
suelo crujía a mi paso por las hojas secas caídas que se acumulaban
año tras año en otoño. Notaba el aroma del aire fresco mezclado
con el de pinos, eucaliptos y demás árboles. Serían las cuatro de
la tarde, y los pájaros cantaban animando el ambiente para hacerme
sentir mejor.
Iba
en línea recta, así sabía que podía volver. También dejaba
señales en el camino de vez en cuando para no perderme. Aunque no
hacía falta. Conocía aquel bosque perfectamente. Cuando era pequeña
mi tío me llevaba allí porque se empeñaba en que tenía que
familiarizarme con el sitio y su naturaleza.
Por
primera vez en mucho tiempo me sentía a gusto. Caminaba con rumbo
fijo entre los altos árboles. No tenía a nadie detrás que sintiera
pena por mí ni que me preguntara cómo estaba, aún conociendo la
respuesta.
No
sé cuánto tiempo pasé caminando, no lo recuerdo. Solo recuerdo que
de repente la vi a unos cien metros de mí. Estaba sola en el medio
del bosque, rodeada de árboles por todas partes, sin camino ni
carretera para poder acceder a ella.
Una
casa antigua y enorme, pero no abandonada, se alzaba, al igual que la
de mis tíos, en el medio de la nada.
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