Tenía
fachada de piedra y tejado de pizarra. Una verja de hierro marcaba
los límites de la propiedad, y un jardín bien cuidado con un gran
estanque recibía a los visitantes.
Podría
decirse que fuera cual fuera la persona que vivía allí, sería mi
vecina. Aquella casa era la más cercana a la mía en todo el
entorno. Decidí ir a presentarme.
Vacilé unos instantes pero un impulso hizo que caminara
hacia la verja de entrada. Pasé y atravesé el jardín hasta llegar
al gran portón de madera por el que se entraba a la residencia.
Estaba abierto, cosa que me sorprendió. Aunque luego me pareció
normal, teniendo en cuenta que en aquel bosque no viviría más que
el dueño de la casa. Tampoco creo que tuviera el problema de los
ladrones; supongo que nadie sabría de la existencia de todo aquello.
Dudé,
pero di unos pasos adelante y me encontré dentro. Debajo de mí pude
distinguir un parqué de madera. Di una vuelta con los ojos a todo mi
alrededor.
Mi
vista tardó un buen rato en acostumbrarse a la oscuridad del lugar.
Fuera hacía un sol espléndido, pero dentro no había rastro de luz.
El techo, altísimo, se alzaba apoyado sobre columnas de piedra y
paredes empapeladas. Solo una vieja lámpara enorme de araña colgaba
con algunas bombillas encendidas. Una alfombra antigua se extendía
por el recibidor. Muebles de madera oscura, espejos, fotos de hacía
décadas, candelabros, adornos de plata... Estaba centrada en todo lo
que había, quería inspeccionar los rincones de aquel sitio que me
llamaba tanto la atención. Me olvidé completamente de que aquella
no era mi casa y caminé por el largo pasillo. Daba vueltas sobre mí
misma y me fijaba en la cantidad de cosas que había allí dentro.
Mi
mente volvió a la realidad al escuchar unos pasos que se acercaban.
Frené en seco, dejando escapar un grito ahogado, y me quedé
inmóvil. Cada vez lo notaba más cerca. A mis espaldas había
alguien que se acercaba cada vez más; hasta que paró justo a mi
lado.
Yo
seguía mirando al suelo, estaba asustada. Un aroma me invadió por
dentro y mi respiración entrecortada se paró unos instantes.
Entonces escuché su voz por primera vez. Tan fría y para mí tan
cálida y tan dulce.
-Supongo que... puedes pasar.
Suspiré
lentamente y giré la cabeza muy despacio hacia la izquierda. Mis
ojos se encontraron con los suyos y mi expresión se calmó de
repente. Entonces empecé a analizarlo entrando en un estado de coma
profundo.
Sus
ojos eran de un verde perfecto, su mirada se fundía en la mía y me
transmitía tranquilidad y seguridad. Tendría aproximadamente mis mismos años, quizá alguno más. Alto,
pelo castaño claro, no demasiado largo, con reflejos casi rubios.
Proporciones perfectas, expresión pacífica y calmada. Llevaba una
camisa azul claro y unos pantalones vaqueros oscuros. Resumiendo...
viva imagen de la perfección, como ángel caído del cielo.
Supongo
que me quedé un poco embobada... porque cuando me dí cuenta
él me estaba moviendo el hombro con la mano para que saliera de mi
letargo. Me desperté por segunda vez en el día y despejé la mente.
-Lo...
lo siento.
-¿Quién
eres?
-Me
llamo... Espera. ¿Y tú quién eres?
-Yo
soy el dueño de la casa en la que has entrado sin pedir permiso.
Me
paré a pensar que tenía razón y que por lo tanto tendría que
darle explicaciones de por qué me metí en territorio ajeno. Pero me
quedé callada. Él movió la cabeza como diciendo: 'Esta chica no
tiene remedio'. Entonces su tono de voz cambió y se dirigió a mí
más amigable, soltó un suspiro y esbozó una sonrisa.
-Soy
Leik. Leik Rooper.
Me
extendió la mano y yo se la apreté. Empecé a hablar algo nerviosa.
-Alice.
Siento haber entrado sin permiso. La puerta estaba abierta y yo...
-Ya,
no te preocupes.
-Voy
a pasar el verano en la casa de mis tíos. La que está a la entrada
del camino... La abandonada...
-Sí,
la conozco.
-Mis
tíos me la dejaron en herencia y he pensado que estaría bien pasar
una temporada por aquí. Estaba dando un paseo por los alrededores y
me encontré con esta casa. No sabía que habría alguien viviendo
aquí...
-Lo
entiendo, tranquila. ¿Quieres tomar algo? Así podemos hablar de cómo la
juventud de hoy en día invade las casas de los demás.
Me
quedé perpleja con su comentario, aunque se notaba el tono irónico.
Soltó una pequeña carcajada.
-Es
broma, pasa.
Hizo un gesto como diciendo 'sígueme'. No lo pensé, solo respiré hondo. Seguí
los pasos que me habían asustado antes. Caminaba detrás de ellos
por el largo pasillo, no importaba a donde fueran.
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