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Capítulo III: Una dulce mirada.

 Tenía fachada de piedra y tejado de pizarra. Una verja de hierro marcaba los límites de la propiedad, y un jardín bien cuidado con un gran estanque recibía a los visitantes.
  Podría decirse que fuera cual fuera la persona que vivía allí, sería mi vecina. Aquella casa era la más cercana a la mía en todo el entorno. Decidí ir a presentarme.
 Vacilé unos instantes pero un impulso hizo que caminara hacia la verja de entrada. Pasé y atravesé el jardín hasta llegar al gran portón de madera por el que se entraba a la residencia. Estaba abierto, cosa que me sorprendió. Aunque luego me pareció normal, teniendo en cuenta que en aquel bosque no viviría más que el dueño de la casa. Tampoco creo que tuviera el problema de los ladrones; supongo que nadie sabría de la existencia de todo aquello.
  Dudé, pero di unos pasos adelante y me encontré dentro. Debajo de mí pude distinguir un parqué de madera. Di una vuelta con los ojos a todo mi alrededor.
Mi vista tardó un buen rato en acostumbrarse a la oscuridad del lugar. Fuera hacía un sol espléndido, pero dentro no había rastro de luz. El techo, altísimo, se alzaba apoyado sobre columnas de piedra y paredes empapeladas. Solo una vieja lámpara enorme de araña colgaba con algunas bombillas encendidas. Una alfombra antigua se extendía por el recibidor. Muebles de madera oscura, espejos, fotos de hacía décadas, candelabros, adornos de plata... Estaba centrada en todo lo que había, quería inspeccionar los rincones de aquel sitio que me llamaba tanto la atención. Me olvidé completamente de que aquella no era mi casa y caminé por el largo pasillo. Daba vueltas sobre mí misma y me fijaba en la cantidad de cosas que había allí dentro. 
 Mi mente volvió a la realidad al escuchar unos pasos que se acercaban. Frené en seco, dejando escapar un grito ahogado, y me quedé inmóvil. Cada vez lo notaba más cerca. A mis espaldas había alguien que se acercaba cada vez más; hasta que paró justo a mi lado.
  Yo seguía mirando al suelo, estaba asustada. Un aroma me invadió por dentro y mi respiración entrecortada se paró unos instantes. Entonces escuché su voz por primera vez. Tan fría y para mí tan cálida y tan dulce.
    -Supongo que... puedes pasar.
  Suspiré lentamente y giré la cabeza muy despacio hacia la izquierda. Mis ojos se encontraron con los suyos y mi expresión se calmó de repente. Entonces empecé a analizarlo entrando en un estado de coma profundo.
  Sus ojos eran de un verde perfecto, su mirada se fundía en la mía y me transmitía tranquilidad y seguridad. Tendría aproximadamente mis mismos años, quizá alguno más. Alto, pelo castaño claro, no demasiado largo, con reflejos casi rubios. Proporciones perfectas, expresión pacífica y calmada. Llevaba una camisa azul claro y unos pantalones vaqueros oscuros. Resumiendo... viva imagen de la perfección, como ángel caído del cielo.
 Supongo que me quedé un poco embobada... porque cuando me dí cuenta él me estaba moviendo el hombro con la mano para que saliera de mi letargo. Me desperté por segunda vez en el día y despejé la mente.
    -Lo... lo siento.
    -¿Quién eres?
    -Me llamo... Espera. ¿Y tú quién eres?
    -Yo soy el dueño de la casa en la que has entrado sin pedir permiso.
 Me paré a pensar que tenía razón y que por lo tanto tendría que darle explicaciones de por qué me metí en territorio ajeno. Pero me quedé callada. Él movió la cabeza como diciendo: 'Esta chica no tiene remedio'. Entonces su tono de voz cambió y se dirigió a mí más amigable, soltó un suspiro y esbozó una sonrisa.
    -Soy Leik. Leik Rooper.
 Me extendió la mano y yo se la apreté. Empecé a hablar algo nerviosa.
    -Alice. Siento haber entrado sin permiso. La puerta estaba abierta y yo...
    -Ya, no te preocupes.
    -Voy a pasar el verano en la casa de mis tíos. La que está a la entrada del camino... La abandonada...
    -Sí, la conozco.
    -Mis tíos me la dejaron en herencia y he pensado que estaría bien pasar una temporada por aquí. Estaba dando un paseo por los alrededores y me encontré con esta casa. No sabía que habría alguien viviendo aquí...
    -Lo entiendo, tranquila. ¿Quieres tomar algo? Así podemos hablar de cómo la juventud de hoy en día invade las casas de los demás.
  Me quedé perpleja con su comentario, aunque se notaba el tono irónico. Soltó una pequeña carcajada.
    -Es broma, pasa.
  Hizo un gesto como diciendo 'sígueme'. No lo pensé, solo respiré hondo. Seguí los pasos que me habían asustado antes. Caminaba detrás de ellos por el largo pasillo, no importaba a donde fueran.

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