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Capítulo IV: Entra hasta el salón.

 Me guió hasta la entrada de un enorme salón. Pequeña e insignificante ante toda aquella inmensidad y cantidad de cosas, me encontraba aún así asombrada.
 De la alta pared empapelada colgaban animales disecados mirándome con su última expresión de vida. Casi no había luz, lo agradecí. Notar todos esos ojos acechando no hacía que estuviera cómoda.
 Él se dirigía hacia el antiguo sofá, colocado al lado de una chimenea tallada en piedra. Ralenticé el paso para fijarme mejor en los detalles.
 Las largas y opacas cortinas de terciopelo hacían que los rayos del perfecto sol de verano no pudieran invadir la habitación.
 Veía sombras, pero al acostumbrarme distinguí todo con más claridad.
 Una alfombra antigua cubría todo el parqué de aquella dependencia con dimensiones sorprendentes. Las paredes llamaban la atención. A parte de los horribles trofeos de caza colgaban cuadros y retratos de hombres y mujeres que habrían vivido hace más de un siglo. Retablos y medallas de plata se encontraban agrupados en las vidrieras empotradas. Relojes de pared, muebles de madera oscura, frascos de cristal, viejas botellas de vino...
    -¿Alice?
 Me giré bruscamente y volví a la realidad.
    -Sí, lo siento, es que esto es tan... Bonito...
 No sé cómo pude soltarle tal estupidez, mi cara de extrañeza delataba mis verdaderas opiniones.
    -¿Bonito dices?
    -Claro, me encanta.
 Dibujé a pulso una sonrisa.
    -Pues eres la única... Vivo aquí desde hace un año y sigue sin gustarme del todo. Sé que es demasiado antiguo, viejo, horrible...
    -No te creas, a mí por lo menos me gustan las antigüedades.
 Eso es cierto, las cosas antiguas me hacen volver al pasado, recorrer el tiempo durante el que no viví y conocer otras épocas diferentes a la actual absurda sociedad. Pero no siento amor profundo hacia animales disecados.
    -Supongo que a mí también, por eso dejo todo como estaba antes.
    -Perdón por entrometerme pero, ¿vives aquí tú solo?
 La pregunta me había estado rondando la cabeza desde un primer momento. Me parecía una cosa fuera de lo común que alguien como él viviera solo en medio de la nada.
    -Bueno... Puede decirse que sí. Y estaré encantado de contarte mi vida y mis experiencias si vienes aquí y te sientas conmigo en vez de estar socializando con los bichitos muertos de las paredes.
 Al terminar su frase con tono peculiar esbozó una enorme sonrisa que mostraba sus verdaderas intenciones. Aún así, volví a quedarme callada. Puse cara de extrañada y él echó una mirada al cielo y finalmente soltó una risa que me decía: 'Oye, te lo tomas todo demasiado en serio'. Me relajé de nuevo e hice una anotación mental: Leik tiene predilección por el uso del sarcasmo y la ironía.
 Una vez hecho mi esquema para futuros acontecimientos me obligué a relajarme y caminé hasta el sofá para sentarme a su lado, justo cuando un fuerte ruido en la puerta de la entrada hizo que el corazón me diera un vuelco.

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