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Capítulo I: De Reyes, Princesas y Capital.

La gloria es como un círculo en el agua, que se agranda hasta que desaparece a fuerza de extenderse - Shakespeare



Capítulo I

-¿Por qué somos siempre los primeros en adoptar modas absurdas? - bufó Melissa. Se agarraba con fuerza al marco oscuro de la ventana, apretando los dientes.

-N-no lo sé, mi señora...

-Era retórica, Lira. Retórica. Aprieta más - gruñó, cada vez más enfadada por las modas.

La lucha que libraba Melissa en esos momentos no era la que ella le gustaba. No era una lucha donde podía coger el frío mango de la espada o cabalgar contra jinetes con una lanza. No era la lucha en tensión, movimiento y cargado de adrenalina que la hacía sentir viva. Su lucha era contra la moda. Su archienemigo desde que se probó un vestido de las Islas Miria con once años. Y ahora, volvían a encontrarse en forma de un corsé.

¡Un corsé! Una moda extranjera de un Reino más allá de la Vena (aquella estrechez al norte, tan fina que parecían la vena de la península, valga la redundancia), Jorián, se llamaba. Claro, ahí hacía más frío que en las eternamente cálidas tierras de Privera, así que las mujeres solían llevar estos corsés (¿o armas asfixiantes?) por debajo de un pesado vestido cubierto de volantes. Otra moda pomposa que odiaba, por cierto.

El Sol maltrataba con dureza a los habitantes. En unas tierras donde el frío era casi asunto de la noche, la brisa marina y los días de lluvia, los vestidos de la nobleza acostumbraban a ser livianos. Llevaban la doble capa para mantener el pudor, y para que los senos de muchas señoras no bailasen al caminar, llevaban pequeños corpiños que aplastaban los pechos contra el cuerpo y los aplanaban un poco. ¿Pero en serio? ¿Corsés?





Melissa volvía a hacer crujir sus dientes y ahogar una maldición. El corsé ponía a su cuerpo sudando más que los cerdos de las porquerizas, y casi se marea al ver el vestido que tenía que ponerse. Echó de menos los hombros descubiertos de sus vestidos cuando vio aquella manta de color rojo de manga larga, aunque prefería su brillante y ligera armadura. ¿Y para qué, todo? Bueno, hoy vienen unos nobles importantes de Jorián, así que tenía que adaptarse a sus costumbres. Una tradición de Privera que Melissa odiaba cada vez más.

-Listo, mi señora - anunció la sirvienta.

-Bien, ahora el vestido.

-Sí, mi señora - la sirvienta fue obediente a por el vestido mientras que el rostro de Melissa se ponía como la grana. Se asfixiaba.

La ayudó a ponerse el elegante vestido. La falda larga tenía dos capas, una más larga que la otra, pero ambas rematadas en volantes negros. La combinación de este color con el negro parecía fascinar a los jorianos, pero Melissa no veía la gracia. ¡Si parecía de luto!

-Estáis hermosa, mi señora - halagó su sirvienta, reluciéndole los ojos al ver el vestido.

-Arregladme el cabello - se limitó a contestar. No le gustaban los halagos, pese a que estaba acostumbrada.

Después de casi media hora luchando contra su rebelde, fino y largo pelo negro, lograron recogérselo en una trenza negra de lado. En Jorián las jóvenes casaderas debían de llevarlo recogido de algún modo, o si no significan que no son fértiles o que son prostitutas.

"¿Y si están casadas? ¿Se lo rapan? ¿O llevan un cartel a cuestas?".

Unos toquecitos en la puerta interrumpieron a Melissa y a la doncella. Una figura curiosa y masculina asomó detrás de la puerta del vestidor.

-¿Puedo pasar, mi señora? - preguntó, sin mirar al interior.

-Pase, Erior - dijo, con una sonrisa ladina - Retírate, Lira.

-Sí, mi señora.

La sirvienta regordeta se fue por la puerta no sin antes sonreír a Erior. No penséis que es su hermano, o su prometido; qué va. Es sólo un mozo del servicio desde que tenía ocho años. Pero para Melissa, era mucho más.

-Parezco un pavo asado.

-Un poco hueles - bromeó Erior, con su sonrisa pequeña y tímida.

-Me van a trinchar ahí abajo - siguió el juego.

-Muchos se pedirán pechuga.

Y los dos rieron. No era apropiado que un chico contase esos chistes masculinos a una dama de alcurnia. No era apropiado que simplemente entrase ahí y la hablase con tanta familiaridad. Pero bueno, ellos dos tampoco eran muy normales.

-Oh, me gusta el vestido - comentó Erior - Se nota que es de jorianos. Les chiflan los volantes, ¿sabes?

-No, ¿en serio? - dijo con ironía - y, Santo Ángel, me estoy asfixiando.

-Bueno, mujer, no será para tanto.

-Le dijeron a la madre en pleno parto. Y falleció - dijo. Tenía un especial interés por el humor negro que sólo podía expresar con Erior. Y el muchacho prefería no tentar a la oscuridad.

-Siempre optimista, ¿eh?

-Por supuesto. Soy la princesa de Privera, lugar donde los pajaritos cantan a la luz del alba y el amor es más denso que las nubes - dijo, con aire bromista.

Rieron, y los dos callaron. Erior y Melissa eran un gran contraste; el común pelo castaño claro de Erior era opacado por el extraño y nuevo cabello oscuro de Melissa, no muy común en Privera. La piel de Erior estaba salpicada de pecas por la nariz, brazos y piernas, mientras que la morena piel de la princesa estaba impoluta. Él, con su rudimentaria camisa de lana y pantalones de cuero remendados en los bajos; ella, con su brillante y reluciente vestido. Nadie habría pensado que eran hermanos pese a su trato, porque el rostro de Erior era ligeramente redondeado y tenía una nariz respingona, casi inocente; y Melissa tenía unas facciones duras pero femeninas, crueles pero hermosas.

Pero eso no es lo que más destacaba. Lo que más destacaban eran los ojos. Las pupilas de Erior eran del típico color verde oscuro de Privera, que le daban ese aire a chico simpático y corriente. Sin embargo, los de Melissa eran impresionantes. Imaginaos una puesta de Sol. ¿Visualizáis el dorado de las nubes? ¿La luz sobre la tierra y mar? De ese color, eran sus ojos. Fieros y decididos.

-Padre ya no me deja entrenar más - murmuró Melissa.

-Oh - el rostro de Erior se contrajo en una mueca compasiva - ¿Sigue con lo de que las señoritas como que no pueden luchar?

-No, al parecer doy mala imagen de la familia real si me visto con una armadura en vez de un traje de doncella, como señorita que soy - bufó Melissa.

-No te ofendas, pero muy señorita no eres - habló con toda tranquilidad Erior.

-A las señoritas no les gustan otras señoritas - dijo ella.

-Señoritas pelirrojas - corrigió.

-Y con pechuga.

-Jugosa, ¿no? - rió Erior.

-Muy jugosa - dijo Melissa con los ojos reluciendo.

Y se volvieron a quedar en silencio. No era un silencio incómodo. Era que no hacía falta decir más. Melissa se sentó en el diván, jugueteando con sus dedos, y Erior se dedicaba a curiosear entre los frasquitos del tocador. Había lociones de todo tipo. Y mucho aloe vera.

Sin embargo, Erior era un muchacho intuitivo para estos casos. Percibió que aquel silencio no era su silencio habitual, si no uno de palabras que no salen. Dejó de juguetear con las lociones y la miró extrañado.

-¿Pasa algo, Mel?

-Si Padre se entera de mis... gustos. ¿Qué crees que hará? - preguntó. Seguramente, Erior ha sido el único que ha visto su rostro congestionado por el pánico y la incertidumbre. Se acordó de cuando ella lo descubrió. La imagen de ella con el vientre ensangrentado por clavarse un abrecartas lo hizo estremecer, y se aterró al pensar que quizás podría intentar hacerlo de nuevo.

-Mel... - Erior no sabía que responder ante eso. Sus labios querían decir que no volviese a jugar con abrecartas, pero seguramente eso la molestaría. Decidió bajar la mirada, mudo.

-Ya sé que hará - dijo Melissa, con su común voz de ironía en temas que la rompían - Como soy hija única me casará con algún vejestorio, pariré un par de hijos y por último me mandará a la horca por desviada - dijo, con el rostro entre las manos, imaginando su futuro.

Erior se sentó a su lado y frotó la espalda de su amiga, tratando de confortarla. Nunca fue un gran orador, nunca sabía bien que decir. En aquellas situaciones, pensaba que todo lo que diría estaría mal.

-Si lo descubre, bueno... - dijo Erior - robaremos caballos y huiremos.

-¿Proscritos? - dijo, mirándole con gravedad - Si yo huyera y me convirtiese en una fugitiva buscada, aún sería plausible. Pero tú...

Lo más malvado que podía llegar a hacer Erior era robar pan de la despensa. Para niños pobres.

-Oye, yo puedo ser muy malvado - dijo, muy serio. Aquello fue una puñalada a su niño malvado interior.

Melissa se rió. A carcajada limpia. El rostro de Erior enrojeció y refunfuñó. Las risas disminuyeron y el rostro de Melissa se tornó melancólico.

-¿Por qué habré salido mal? - preguntó, al aire.

-No has salido mal - saltó Erior, de repente.

-¿Quieres decir que te parece bien que fornique con otras mujeres? - inquirio.

Erior se removió incómodo, puesto que su moralidad estaba en juego. Lo habían criado en una política de perseguir a los desviados, pero Melissa había estado ahí para salvarle incontables veces. ¿Sería capaz, llegado el momento, de despreciar a Melissa si se enamora de otra mujer? Una parte dentro de sí se removió incómoda, pero otra ritaba lealtad.

-¿Y por qué crees que nunca he dicho lo que sé? - respondió con otra pregunta, tratandode buscar su confianza.

Melissa sonrió. Tampoco era fácil para ella (se repudiaba así misma), así que, para Erior podría ser peor.

Otro sirviente acudió al vestidor de Melissa para informar que estaba todo listo para la recepción. En Privera era muy importante recibir personalmente a cada uno de los invitados antes de iniciar el banquete.

La noche ya caía en Aurea, la capital de Privera. El castillo era inmenso, con una gran cantidad de criados y sirvientes de aquí para allá. Se notaba que había invitados; cada ventanal tenía una maceta en el alféizar con coloridas flores que combinaban con la noche oscura y sus estrellas. Las habitaciones de invitados estaban ya preparadas y revisadas para que no faltase ni un solo detalle. Erior y Melissa iban por los pasillos sorteando sirvientes para llegar a la sala del trono donde saludará, junto a su padre, a cada invitado. Trescientos, más o menos. Lo normal. Típica reunión de Año Nuevo para ver a la familia.

Aunque Melissa ya estaba acostumbrada, Erior no paraba de asombrarse con la Sala del Trono. El dorado en los bordes que combinaba a la perfección con el mármol daba un aire regio y poderoso a la sala. Pesadas cortinas resaltaban la petulante silla del Trono, echa de oro e hilo de Rocío.

Melissa oyó el estruendo de los caballos llegando al jardín principal delantero, y se apresuró a reunirse con su padre. A Erior le seguía intimidando el Rey Janys de Aurel. Era un hombre grande, pero grande como un armario de una noble loca por las compras. Sus facciones eran duras, bastas, propias de las Islas de Miria. Un Rey extranjero gobernando Privera. La primera vez en la historia del reino que algo como esto pasaba.

El chico siguió de cerca a Melissa, tratando de no mirar al Rey a los ojos. Hizo una reverencia a su Rey y admiró la compostura que se podía contemplar en Melissa.

-Padre, ya estoy lista,

-Bien - asintió, al verla con el vestido joriano - ¿Qué es lo que tienes en el rostro?

-¿Eh? - confusa, se llevó unos dedos a la mejilla. No fue hasta llegar a la parte posterior de su oreja que notó una rugosa cicatriz, pero imperceptible - Del entrenamiento del otro día. Practicaba con el nuevo armamento, y me temo que las dagas no son mi arma preferida.

-Las mujeres no deben llevar armas. Deben llevar una aguja, vestidos e hijos - pronunció, severamente.

-...Sí, padre - aspiró con fuerza, conteniéndose. Si hubiese sido otro, Melissa lo habría tumbado por el enfado que le recorría las venas.

Los dos permanecieron al lado de su padre y sus dignatarios fueron llegando, para notificar su presencia durante el acto de bienvenida. Estaba su Elegido, la mano derecha del Rey, Hans Lothering (extranjero, compañero de armas del Rey), un hombre de mirada más afable pero con un deje astuto como los de un gato. El Comandante y Maestro de Armas, Sir Bare Mintell, aquel que instruyó a Melissa en el arte de las armas y fracasó cuando lo intentó con Erior. El Consejero del Tesoro, Migraña, lo llamaban, porque todo le da dolor de cabeza. El Consejero Público, Darell Rynos, un hombre de mirada lujuriosa y de ropas llamativas. El Consejero de Fe, el sacerdote Huriell, que se cree que le gustan demasiado los niños pequeños. También otros de consejos más pequeños; de Pesca, el bravo Neil; de Caza, el silencioso Rost...

Entonces, caminando por una pesada alfombra roja, fueron entrando los nobles. Melissa dio gracias a que no tenía que llevar esas redes metálicas debajo del pomposo vestido porque si no sentiría que tendría más culo que la cocinera. Y ya era decir.

Saludó a cada dama y caballero con una reverencia y dejando escapar de sus labios sus nombres. Trescientos nombres y apellidos, y ella se los sabía de memoria. Agradeció con cortesía cada cumplido a sus ojos dorados, y le hacía gracia el acento joriano; ligero pronunciamento en la "r", alargamiento de la "s", calmado en palabras cortas y atropellado en las largas. Melissa sabía hablar joriano a la perfección, ya que eran sus principales aliados junto con los isleños de Miria.

Los sirvientes los condujeron al salón de banquetes y los criados personales se ocuparon de retirar los abrigos de sus señores y señoras (porque hacía mucho bochorno pese a ser de noche) y ordenaron abrir ventanas para airear más el castillo.

El Salón de Recepción (de Banquetes, o Dónde-la-gente-se-pone-contenta), era altísima. En su techo había una gran cristalera con líneas metálicas surcando por el medio, como olas en el mar. Pequeñas esculturas de personas hasta la cintura cubiertas por sedas vaporosas recibían a los invitados. Una grande de cuerpo entero del primer Rey Aurel con los ojos hechos de oro puro. Era evidente que Janys era extranjero porque poseía unos ojos de color azul oscuro, en vez de dorados. Los dorados, fueron de la difunta Reina Tareina de Aurel, madre de Melissa. No llegó a conocerla.

Los invitados fueron acomodados en las largas mesas decoradas con manteles rematados en encaje y centros de flores frescas. En una plataforma más alta, estaba la mesa del Rey, la Princesa y sus Consejeros y Elegido.

Cuando todos hubiéronse sentado, el Rey se alzó de su silla y llamó la atención de los presentes. El rostro de Melissa seguía imperturbable, aunque sus ojos parecían ondular por la ansia de moverse. Erior permaneció detrás suya todo el tiempo.

-Bienvenidos todos a Privera - pronunció, en perfecto joriano - Me halaga que todos hayáis podido venir a esta reunión. Sé que están informados de su motivo.

"Yo no, padre", discrepó en su mente Melissa. Erior pudo saber lo que pensaba con sólo ver que la espalda se le tensaba más.

-Sin embargo, me invade de orgullo y alegría - su voz no lo denotaba - saber que, de entre todos estos ilustres presentes, uno tendrá la mano de mi hija.

"¿Qué?"  pensaron a la vez Erior y Melissa. "Es imposible. ¿Casarse? ¿Cómo...?".

El único que podía haber denotado incredulidad era Erior, pero como estaba en la sombra, no se notó.

-Ahora, ¡que dé comienzo el banquete y el baile, y disfruten de nuestros sabrosos platos! - anunció el Rey, y se sentó.

-Padre... - susurró Melissa, blanca - ¿Compromiso? ¿Pero...?

-Eres mi única heredera, no heredero. Necesito un barón de ojos dorados - dijo su padre sin siquiera mirarla.

"Yo puedo", pensó, descorazonada, "yo puedo gobernar, Padre. ¿Por qué no me crees...?".

La comida empezó a desfilar, todos encantados. Jabalí asado, abundantes ensaladas condimentadas, vino de los viñedos de la costa este, filetes, sopas de verduras frescas, pescados de los Mares Bravos. El vino y la cerveza de miel corría que daba gusto, y la música daba un ambiente alegre.

Diez hombre habían abandonado sus mesas para ir a presentar sus respetos a la joven dama casadera. Ella se mantenía rígida, cortés y seria, más bien neutra. Aceptaba los broches con un tono de voz que no denotaba nada más, y los caballeros se iban. En Privera, era conocida la costumbre de que si quieres cortejar a una dama, debes regalarle un broche. Si acepta tu cortejo, ella lo llevará sobre el pecho izquierdo, indicando quien tiene la voz cantante. Eso no significa que otros no puedan cortejarla y tratar de ganársela, pero eso rara vez sucede.

Entonces, apareció alguien ante ella que sí alegró su vista. Una joven de veinte y pico de años, de larga y brillante cabellera castaño oscuro. Ojos de un azul marino intenso, relucientes. Rostro afilado, atractiva. El corsé delineaba su cintura y alzaba sus pechos, todo en telas pesadas de un color rojo oscuro. Melissa tuvo que hacer mucho esfuerzo para no mirarle donde no debía porque, oh Santo Ángel, cuando hizo la reverencia y se inclinó y los pechos... supo mantenerse serena, aunque Erior ya sabía lo que le estaba pasando.

-Su Alteza, mi señora - sonrió de manera amable, con los labos pegados - Quisiera daros un regalo por su recibimiento a mi humilde y solitaria persona.

-Sí, nos fijamos en que su marido no pudo acudir, señora Jael - pronunció su padre.

-En su nombre, quiero hacerle entrega a su magnificencia de este humilde regalo - se acercó a Melissa y la miró profundamente. Ella tragó saliva, tratando de mantener la vista en los ojos del pavo y no en la pechuga. Porque, vaya pechuga... La señora Jael tendió una caja a Melissa. Ella dio las gracias y la abrio cuidadosamente, Era un colgante de plata. con una cruz con dos alas plateadas. El símbolo del Santo Ángel.

-Muchas gracias por su regalo, me siento honrada.

-No, la honrada soy yo, mi señora. Disculpad mi atrevimiento, pero... ¿podría colocarlo en su cuello? - preguntó.

"Oh mierda", pensó Melissa.

-No debería tomarse esas confianzas, señora Jael - su padre interrumpió, con el ceño fruncido. La señora Jael asintió con la cabeza y retrocedió un poco.

-Lamento mucho mi comportamiento - hizo una reverencia - espero que... este pequeño atrevimiento no haya supuesto un incoveniente mayor.

-En absoluto - dijo Janys, calmado - Retírese y disfrute de la fiesta, por favor.

La señora Jael dedicó una mirada reluciente a Melissa, y la muchacha tragó saliva. Sonrió y agachó la cabeza en señal de asentimiento.

-Ya lo estoy disfrutando.

Y con tanta elegancia con la que vino, se fue. A Melissa se le revolvió el estómago. Se sentía en parte asqueada y en parte maravillada. Apretó con fuerza los puños, diciéndose que, si era un monstruo, al menos lo tenía que ocultar.

Echó un rápido vistazo a Erior que delataba ayuda, y él le dedicó una mirada que indicaba que venía más gente para saludar y que ella podía con todo.

Un conde con su esposa, de sonrisillas por el vino; un marqués anciano con sus cinco hijos, diez nietos, y tercera esposa; un niño con complejo de croqueta porque se tropezó y cayó rodando por las pequeñas escaleras. Diez muchachos le habían dado su broche a Melissa, y quince señores adultos y viudos también.

-Saludos, su Alteza - se arrodilló un hombre ante él - Nos halaga a nuestra familia que nos hayáis invitado a tal ilustre evento.

-Saludos, Sir Warlen - saludó Janys. Observó al hombre fuerte de capa dorada y nariz ancha - Señora Cassenie.

-Un placer - hizo una reverencia servicial. Cassenie estaba algo rechoncha y la cara tenía manchurrones irregulares por el mal aplicado maquillaje.

Sus tres hijos y dos hijas se presentaron, y sólo el mayor reiteró las gracias de su padre. Era un muchacho de veinte años, joven y lozano. Su rostro anguloso pero hermoso conjuntaba a la perfección con su trabajado cuerpo. El cabello rubio ceniza, espeso y alborotado, le cubría las orejas y hacía un buen equipo con su ojos grises.

Una vez que Janys comenzó a alabar la conducta de Sir Warlen Maroon, el chico le sonrió a Melissa y ella sólo frunció el ceño interiormente, aburrida. "Otro que viene a darme un broche", pensó, "haremos monedas con ellos, así ahorramos".

-Mi señora, disculpe mi atrevimiento. pero veo que las voces no se equivocaban; incluso con un pesado vestido joriano, estáis hermosa - encantadora sonrisa de su parte. Fría sonrisa cortés de parte de Melissa.

-No debería hacer caso de las voces. Suena a fantasía de demonios - contestó. Warlen se llamaba, igual que su padre.

-¿Demonios? No sabía que también contabáis con un afilado ingenio, mi señora - sonrió. Le tendió su broche. Redondeado, con una espada en relieve.

-Gracias - dijo, cortésmente. Mandó a su sirvienta que lo llevara junto a los demás.

-Si me disculpais el atrevimiento... - "¿por qué todos son atrevimientos? Entonces lo de Erior y yo es casi lo mismo que si nos pillasen fornicando con alguien en los jardines" - He oído que los jardines de Palacio son hermosos, pero no he tenido oportunidad de verlos. Me encantaría si mi señora me acompañara a descubrirlos.

-Se lo disculpo - contestó, hastiada - Mandaré a uno de mis sirvientes enseñárselo.

Warlen fruncio levemente el ceño, pero se retiró lentamente. A Melissa ya le empezaba a hervir la sangre. ¡Estar sentada, toda la noche, recibiendo y despidiendo pretendientes! Ah, si sólo la señora Jael estuviese disponible... Le dedicó una fugaz mirada a su amigo, buscando apoyo con una réplica irónica, pero le sorprendió verle con la cabeza bajada, sin poder ver su expresión por el cabello. Se extrañó.

Por supuesto, las visitas de sus presuntos pretendientes no fue lo único que contempló Melissa. Malabaristas, bufones, caravanas de artistas. todos para conseguirse el favor del Rey. Le llamó la atención el mago que se tragaba espadas o acuchillaba a su ayudante que estaba dentro de una caja y salía ileso. Un pianista con su teclado portátil, acompañado de sus dos violinistas, encandiló al público con una composición llamada "Privera". Poetas leyeron sus versos, dramatizando y hasta recreando un poco.

Pero, el que se llevó la palma, era aquel viejo cuentacuentos. Jyn.

El anciano se plantó en medio de la sala, se presentó, y sin más empezó a relatar su cuento.

-Pese a que me llaman cuentacuentos, me gustaría más que me llamasen relatahistorias, porque eso es lo que hago. Hoy, en esta velada tan especial. me gustaría compartir y dedicar a la Princesa Melissa un relato que oí recientemente. Como todos pueden observar, envidiable es su hermosura... así que esta es una advertencia para todas que la admiren - señaló. Melissa se puso rígida, extrañada. A Erior, sin embargo, le brillaban los ojos de emoción.

>>Hace poco, en unas tierras olvidadas, vivían dos jóvenes nobles. La mayor era hermosa, de largo cabello negro y ojos misteriosos como el brillo de la Luna. La pequeña, sin embargo, sólo tenía una mata de pelos rizados y ensortijados, y unas feas pecas poblaban su rostro. La hermana menor tenía celos, envidia de su hermana, así que siempre se quedaba a su sombra.

>>"¡No puedo más!" exclamó la hermana pequeña, muerta de envidia, al ver que la bella muchacha se llevaba a su único amor verdadero. Con los celos inyectados en las venas, ideó un plan para matar a su propia hermana. La muchacha ya había sucumbido a la locura de los celos. Así que, un día, con puñal en mano, decidió acudir a la noche a los aposentos de su hermana para reventarle el corazón a puñaladas.

>>Pero una poca humanidad quedó en ella, y no hizo nada. Se retiró a sus aposentos, intentando conciliar el sueño aunque la culpa la carcomía. "¿Qué he estado a punto de hacer?" se decía. Sin embargo, logró sumergirse en un profundo sueño.

>>Y despertó. Despertó inmóvil, con un ser oscuro e informe que se reía entre dientes. Hundía su cuerpo en su pecho, ahogándola. Entonces, cogió la mano y la acercó a su boca y...

El resto de la historia fue bastante sangrienta, y eso que el cuentacuentos se había censurado. El Rey se sintió ofendido a tamaña falta de respeto con señoritas delante, y a la mitad del tenebroso relato, le ordenó que se retirase inmediatamente. Jyn sonrió, sin la mitad de los dientes, y se fue silenciosamente.

Melissa miró  Erior con expresión burlesca, ya que la mitad de las chicas habían dejado de escuchar el esangrentado relato. El muchacho devolvió su mirada llena de terror, porque estas no eran las historias tan detalladas que solía escuchar.

-Estoy deseoso de ver a los muchachos justar mañana - comentaba Hans - algunos son buenos, aunque tienen la experiencia de un niño. Será como si un gato trinchase un pavo.

-Estoy de acuerdo - afirmó Janys - La mitad de esos mocosos son sólo presuntuosos que se creen reyes.

-Pero tendrá que elegir a uno de ellos. Para eso son las justas, ¿no?

-¡Ja! Ni de broma - se jactó Janys. Parecía sacar esa vena casi humorística solo en compañía de su Elegido - Será un buen miriano.

-Sabía que diríais eso.

Y chocaron las copas. A Melissa le relucieron los ojos de emoción al escuchar la palabra "justas". Informó apresuradamente que iba al aseo y se fue por una puerta trasera. Minutos después, la siguió Erior, y estaban en un pasillo.

-¿Has oído, Erior? ¡Justas!

-Mel, Mel. Escúchame - le dijo Erior, con expresión franca y amabe - Sé que suena genial eso de vestirte con tu armadura y...

-Nadie me reconocería.

-¿Y cuando te tiren y tengas que descubrirte?

-Oh, sabes que eso jamás pasará - dijo, triunfadora.

-Pues humillarás a esos muchachos al ver que una mujer les dio la paliza de su vida - le dijo, seriamente - Podría afectar mucho a quienes tengáis por aliados.

-Eso no pasará. Cuando me proclamen vencedora, me habré escapado misteriosamente y se harán poemas sobre mi bravura. Jyn contará cuentos sobre mí - dijo, emocionada como una niña pequeña.

-¡No! - respondió al instante Erior, horrorizado - Dirá que te habrán comido unos demonios o algo así, de la manera más brutal que se le ocurra a ese chalado.

-Los derrotaré con mi... espada de fuego -le surgió de la mente.

-...eso estaría genial - admitió - Pero sigo diciendo que no es buena idea.

-Oh, venga. Seguramente sea la última vez que pueda cabalgar a horcajadas o sostener un arma - le dijo - Será la última vez.

-¿...Me lo prometes?

-Te lo prometo - dijo, con firmeza -Y ahora, tengo que enterarme de la hora de las justas y preparar mi armadura.

-Le oí a Eli que-

Un chillido retumbó en la estancia.

Los dos se miraron asustados, con los escalofríos en su cuerpo. Aquel escalofriante grito había vibrado por toda la estancia. Corrieron hacia las cocinas, donde era originario el sonido. Melissa maldijo sus largas faldas y se las arremangó muy bastamente, corriendo como una descosida.

Cuando llegaron, se quedó blanca.

Había un cadáver. No estaba descompuesto, ni herido, y no había ni una gota de sangre. Era un muchacho de veinte años que se encargaba de los caballos, un poco brusco pero buena persona. Estaba en un cuarto pequeño de la despensa, sobre una silla. No tenía la camiseta y su pecho y cuellos estaban cubiertos de mordiscos y marcas de pasión. Los calzones estaban descolocados, y los zapatos seguían en su sitio.

Pero eso no era lo desconcertante. Lo que resultaba extraño eran sus ojos. Ya no se diferenciaba la pupila, si no que todo era de un negro uniforme y en una mueca de completo horror. El olor a cadáver, pese a que era reciente, rezumaba en las cocinas.

Erior vomitó. No quiso, pero vomitó en una de las potas grandes, vacías y sucias para lavar. Melissa, sin embargo, se quedó mirando el cadáver, en shock. ¿Cómo podían afectarle tanto a ambos la presencia de aquel cadáver? Quizás, porque nunca sintieron la muerte tan cerca.

Ambos se miraron, pálidos. Melissa sintió la fuerte necesidad de agarrar la mano de Erior, y el chico de ir a por ella y sacarla de allí. De darse mutuo apoyo pese a que la sombra de la oscuridad se cernía sobre ellos, sin saberlo.

De alguna manera, ambos se acordaron de los cuentos de Jyn.










Comentarios

  1. Seguimos fuerte con el primer capítulo. Me está pareciendo muy interesante como se van entrelazando las historias. Hay algunas frases que se deberían de repasar pero está muy bien

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    1. Si, me faltan algunas teclas en el teclado del ordenador y digamos que muchas veces se la saltan y me sangran los ojos al leer Dx

      ¡Gracias por comentar!

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  2. Me gusta más que el prologo. De hecho se te ve más cómoda a momentos. Me enganché definitivamente.

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    1. Me gusta meter mi comedia extraña, me ayuda a liberar la tension que yo misma tengo escribiendo estos temas xDD (es que si quiero meter tension, tengo que estar tensa)

      ¡Gracias por comentar!

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